El despertador suena exactamente a las 5 y 30 de la mañana el cielo gris retira los últimos estragos de la noche. J entreabre los ojos, los párpados le pesan, el cuerpo ignora su deseo de levantarse. J planea la mejor estrategia para arrancarse de la cama. El frió lo empuja a sumergirse y ahogarse unos minutos mas entre sus sabanas. Estira el brazo y prende la pequeña radio al costado de su escritorio, son las 6 de la mañana y al menos J siente que ya tiene el dominio completo sobre sus ojos y la mayor parte de sus músculos, se coge la cara con una de sus manos, luego la baja por el cuello y se posa sobre su pecho, de un tirón arroja a un lado la manta que le cubría el cuerpo, se revela su cuerpo con atisbos de bellos que imitan lo patético de su anatomía. J esta solo con calzoncillos, su mano se desliza y se escabulle debajo de su única prenda y se masturba.
J se levanta definitivamente camina arrastrando los pies descalzos mira la imagen que le devuelve el pedazo de un espejo apoyado en su estantería que alberga unos cuantos libros que de un tiempo a esta parte han sido envueltos por una capa de polvo, debajo del polvo se trasluce algunos títulos variopintos, uno de ellos le llama la atención, lo frota con las yemas de los dedos lee: “la insoportable levedad del ser”. Da un vistazo entre sus hojas, reconoce lo que dicen sus páginas. Le resta importancia y lo coloca encima de otros libros que atiborran una pequeña mesita. J siente el pecho como una piedra y observa el cenicero atiborrado de colillas. Recordó la noche anterior, estuvo hasta las 2 revisando su periódico de ayer. La voz dentro de la radio le dice a J que es momento de entrar a la ducha. Camina lentamente, da la apariencia de poseer en cada uno de sus movimientos la pesadumbre de un anciano. Su mente esta en blanco no hay mucho en que pensar ni existe ningún asunto para reflexionar. Su vida no se caracteriza por ser buena menos aun por ser mala. J es uno mas de esos sujetos que obedecen a ciertos mecanismos, que responden a patrones simples de conducta.
El agua fría que sale por unos pequeños orificios cae sobre su cuerpo con desgano. Algunas gotas resbalan unos centímetros de mas por su espalda pero terminan por extinguirse en la nada. J parece recobrar signos de vida. Al menos siente que las ganas de seguir con su día volvieron con el agua fría.
Ahora trata de planchar con la mano un pantalón gastado, sacude una camisa descolorida. Seca su cuerpo con una vieja toalla percudida, juega con su sexo y ríe. Hace cuanto que no abriga su cuerpo con el de una mujer, quizás ya perdió la cuenta. Solo tiene algunas imágenes distorsionada de amores pasados. Nada trascendental. J piensa que al final es mejor el sexo a solas, al menos ya se acostumbro a ello.
Antes de cambiarse, prendió una cocina roída por el oxido e hizo hervir agua. J se miraba en el espejo, le dio satisfacción ver que no era feo, que estaba entre la clasificación de normal. Se peino con un peine con escaso dientes.
J ahora abre el sobre del café por la mitad para extraerle los últimos residuos, lo tomo amargo como estaba y la voz dentro de la radio le dijo que ya era hora de partir.
J cogió un periódico un lapicero y cinco monedas de un sol de uno de sus cajones. Miró su pequeña habitación. En la estantería hay una foto de mujer, J supone que debió ser alguien importante en su vida, quizás su madre, no lo sabe solo recuerda que es el único objeto que poseía desde que tenia uso de razón. Observo que su cama estaba tal cual la había dejado, no quería gastarse en tenderla. En una esquina del piso había ropa amontonada. J sintió que cada día que pasa el lugar se inunda de polvo y también no quiere gastarse en limpiarlo, sabe que no hay razón para hacerlo que así esta bien, que siempre ha vivido así desde que tiene conciencia. Que no hay razón alguna para alterar sus días.
La voz dentro de la radio le exige que salga a la calle. J coloca el periódico bajo el brazo y sale de su pequeño cuarto, sabe que regresara tarde, que si no consigue trabajo por hoy, al menos conseguirá unos centavos para sobrevivir, quizás subir a los autobuses, quizás no, pero al menos tiene la certeza de que siempre volverá a su pequeña habitación, se despertara a la misma hora, se masturbará, se duchará, tomará café repetirá el ritual de siempre al menos hasta que la soledad emigre de su vida.
